Nacido
en Ávila en 1548, es considerado como el más grande músico español
de todos los tiempos. Su temprana vocación musical le hizo ingresar
como alumno en el Collegium Germanicum de Roma, tras ser avalado por
altas personalidades que reconocieron su talento y capacidad.
Condiscípulo de los hijos de Palestrina, en 1569 pasa a ocupar la
organistía de Santa María de Monserrato, la iglesia nacional de
catalanes y aragoneses de la ciudad del Tíber; pero regresa en 1571 al
colegio de su formación, esta vez como profesor de música de los
internos. La década de los setenta sería la de la síntesis de sus
aspiraciones al ser nombrado en 1573 sucesor de Palestrina al frente de
la Maestría de Capilla en el Seminario Romano; y durante 1575, ser
ordenado sacerdote. El ejercicio de la música se interrumpe entonces a
favor del retiro espiritual y del arte de la composición. Para ello
escogió San Girolamo della Caritá, presidido por la figura de San
Felipe Neri. Su producción musical fue en esta época sorprendente,
publicando en Italia cinco magnas colecciones.
En
la plenitud de su fama regresa a España. Después de considerar las
oportunidades que tenía de ocupar plaza en las catedrales españolas más
famosas, acepta de Felipe II una capellanía adherida al monasterio
de las Descalzas Reales de Santa Clara de Madrid, disponible a voluntad
de la emperatriz María, hija de Carlos V y viuda del emperador
Maximiliano II. Dicho cargo, el de mayor rango en la
recién elegida capital del reino, traía consigo el de
consejero en asuntos musicales, desde el que informaba y escogía
cantores para la Capilla Pontificia. El patrocinio real le
concedió las licencias necesarias para viajar a Roma con el fin de
atender sus asuntos editoriales aunque a partir de
1596 se queda definitivamente en España. Con la muerte de su protectora
en 1603, troca el magisterio por la organistía, ocupación que mantuvo
hasta el término de su vida, acaecida el 27 de agosto de 1611,
para ser enterrado en el monasterio de sus éxitos.
El dominio
de Tomás Luis de Victoria de la composición vocal, rigurosamente
lineal y contrapuntística, le permitió explorar nuevos valores
expresivos en el campo poco conocido de la armonía. Su contribución al
revolucionario cambio de estilo dado a comienzos del s. XVII se
torna entonces capital, pues pese al vínculo que establece con el
otro gran nombre del momento, Giovanni Pierluigi da Palestrina
(1525–1594), el abulense se sitúa en una nueva época. Logra
actualizar los medios de desarrollo musical, renueva la forma de
expresión y la modulación del sonido, centrado en la producción
religiosa, para construir las bases de la música moderna. Como
epítome de su carrera destaca el Officium defunctorum, fex vocibus. In obitu et obsequiis Sacrae Imperatricis (1605) honras fúnebres escritas a mayor gloria de la emperatriz María.
Su
figura, paradigma del maestro capaz de representar a su tiempo y
a la vez encaminarlo a uno nuevo, recibe el justo reconocimiento
gracias al galardón que lleva su nombre.